La mujer de estrellas y montañas: una reflexión sobre la singularidad
Eduardo Manuel Contreras-Salas

Resumen: En 2024, Santiago Esteinou presentó al mundo este asombroso documental que narra la vida y leyenda de Rita Patiño: una mujer tarahumara que debido a su singularidad, se vio en la necesidad de abandonar su tierra para, más tarde, ser recluida en un hospital psiquiátrico por cerca de una década a su paso por los Estados Unidos. En este artículo intento esbozar una reflexión alrededor de la singularidad del malestar mental apoyándome del caso de Rita, para elucidar sobre qué trata y por qué se estigmatiza y controla desde el enfoque de la hegemonía capitalista. Con, por supuesto, miras a transformarse hacia horizontes más armónicos.

Título: Mukí sopalírili aligué gawichí nirúgame (La mujer de estrellas y montañas).

Dirección: Santiago Esteinou.

Guion original: Javier Campos y Santiago Esteinou.

Producción: Hoomanz Productions.

Fecha de lanzamiento: 26 de abril de 2024.

País de origen: México.

Duración: 1 hora 41 minutos.

Género: documental.

Idiomas originales: tarahumara, español e inglés.

Palabras clave: tarahumara, malestar mental, singularidad, hegemonía capitalista.

Una mujer tarahumara

Un desierto mudo comienza a iluminarse, el horizonte cerúleo comienza a bañarse por los débiles tonos rojizos y dorados del alba. Las nubes en procesión discurren la bóveda celeste anunciando el paso del tiempo. El panorama gradualmente va adquiriendo mayor claridad, seguramente en algún lugar estará cantando un gallo. Los matorrales se mecen suavemente con la brisa árida y una mujer recostada sobre el suelo pedregoso y envuelta en una quimá (cobija) comienza a despabilarse. Se sienta, bosteza y muestra una indumentaria que nos evoca cierta familiaridad: una blusa de un amarillo vivo, estampada con flores y una falda plisada rojinegra, también floreada. En seguida, comienza a trenzar su cabello con un listón, se cubre la cabeza con una pañoleta llamada coyera y ata sus acá (calzado) para reemprender su peregrinaje livianamente. Es una mujer tarahumara, es Rita Patiño. Y este asombroso documental narra su vida, su leyenda y su singularidad.

Su historia comienza en un poblado de Kansas en Estados Unidos, cuando al interior de una iglesia intenta, tras varios días de recorrido, alimentarse con unos huevos crudos que encontró por el camino. Inmediatamente los feligreses que se encuentran allí congregados se extrañan, intentan disuadirla e interrogar los motivos de dicho acto. Sin embargo, no la comprenden, Rita tampoco les entiende. La brecha cultural y lingüística es significativa. Entonces, ¿qué hacer ante un comportamiento que transgrede la normalidad cotidiana? Llamar a la policía. De esta forma logran sacarla del edificio no sin que naturalmente Rita opusiera resistencia. Más tarde, un médico la catalogaría como “delirante” y al día siguiente se celebraría una audiencia que determinaría que “ella era un peligro para sí misma y los demás”, por lo tanto, se le impondría el internamiento involuntario en el Hospital Psiquiátrico de Larned bajo un esquema psicofarmacológico de gran intensidad. Allí permanecerá recluida por la siguiente década.

Y es al cabo de este larguísimo periodo de aislamiento que un grupo de personas interesadas en su caso —abogados, trabajadores sociales, activistas y voluntarias— deciden tomar cartas en el asunto. En primer lugar, desmintiendo que las autoridades estadounidenses desconocieran el lugar de procedencia y lengua de Rita —pues había dejado en claro que era originaria de Chihuahua y perteneciente a la etnia tarahumara—. En segundo lugar, entablando comunicación con ella: ¡en español! Para conocer su identidad, sus motivos y reintegrarla a la cercanía humana. Y, por último, instando el alta médica inmediata, su desinstitucionalización y posterior repatriación a México.

Transcurrieron 22 años desde que Rita regresó a Chihuahua y comenzó a vivir junto a su sobrina y los suyos en los márgenes de la ciudad capital del estado. Allí, se pasa el día en el patio del hogar cantando —con un tono lastimero— y bailando, pisando fuerte sobre la tierra, apenada por aquellos que ya no están. O, también, sentada bajo el cálido sol del norte y moviendo las manos frenéticamente: tocándose el cuerpo, el rostro, quitándose y volviendo a colocarse su coyera. En ese momento contemplamos a una Rita bastante mayor, adelgazada, de cabellera completamente blanca como la nieve que cubre cada invierno algunas regiones de la sierra Tarahumara, vistiendo su traje típico combinado con prendas occidentales y demostrando una característica que explicita su singularidad: el hambre. Una casi implacable necesidad por comer constantemente, la cual se ha amalgamado en parte de su identidad misma que, en palabras de sus seres queridos, corresponde con una mujer necia, fuerte, inconforme, itinerante, incómoda, en constante búsqueda de algo.

Desafortunadamente, la familia de Rita atraviesa una serie de problemáticas que les conmina a trasladarse temporalmente a su lugar de origen: la sierra. De vuelta en la Tarahumara, Rita se halla en un entorno conocido, cercano, comprensible, completamente suyo. Hace presencia allá entre barrancas profundas y cielos abovedados de un azul inmaculado, en medio de bosquecillos perfumados de pinos, encinos, oyameles y maizales; atravesada por el silencio que únicamente se experimenta en aquel espacio. Allí, al exterior de una casita de madera y mientras un grupo de personas reunidas desgranan maíz, se van sucediendo testimonios sobre la singular vida de Rita en la serranía de Chihuahua. Mismos que me abstengo de exponer detalladamente para que el lector los pueda apreciar directamente del largometraje, pero que resumen una vida marcada por el trabajo, la soledad, los rumores y el sufrimiento que, sin duda, podrían vislumbrarse como causa y consecuencia de su singularidad.

Como agricultora, ganadera, corredora, partera, owirúame (médica tradicional), hechicera, madre, tarahumara, “tonta”, “loca” y mujer, la presencia de Rita, en ocasiones repudiada, en otras tolerada, va creando una especie de leyenda en torno suyo. Una leyenda caracterizada precisamente por eso, por su singularidad. La cual es vista en sus círculos cercanos desde la extrañeza, y por los occidentales como condición patológica de la mente. En las próximas líneas intentaré esbozar una reflexión sobre ello, sobre la singularidad de Rita Patiño que podría generar resonancias en aquellas personas que viven el día a día desde el malestar mental.

Un intento de apreciación cinematográfica

No me precio de ser un experto en cine —sino todo lo contrario—, pero me parece que este largometraje pretende y cumple dos objetivos de gran importancia. En primer lugar, demostrar y generar empatía respecto a la particular corporalidad de Rita Patiño. De ahí que, siguiendo este hilo conductor, contemplemos tomas en las que se le observa viviendo su singularidad sin reparo ante las cámaras, de manera espontánea y natural. Ya sea comiendo con fervor algún alimento, bailando o palpándose incansablemente el cuerpo. Lo hace sin pena alguna, pues ¿por qué debería sentir vergüenza de sí? De forma casi inmediata el espectador hace una catarsis y pareciera mirarse al espejo de la rareza y preguntarse: ¿quizás tengo algo de Rita en mí, es decir, mi propia singularidad? ¿Acaso me protegeré bajo una envoltura de normalidad para evitar pensarme y vivirme auténticamente? Y sin duda, surge la interrogante, ¿qué tan intolerante soy respecto a la singularidad de los otros?

En segundo lugar, considero que el documental se propone trasladar al público a una experiencia de asombro ante el mundo material e inmaterial de los tarahumaras. Un hecho que logra gracias a la fotografía, que casi nos permite degustar una probadita de tesgüino (bebida ancestral) o aspirar el aroma a leña crepitante por la mañana, simplemente a través de las imágenes que se superponen en la pantalla. Observemos con detenimiento, por ejemplo, aquella escena en que Rita viaja junto a su sobrina en el ferrocarril Chihuahua-Pacífico que gradualmente se interna entre barrancas y montañas. Si usted, lector, ha tenido la fortuna de viajar a la sierra, percibirá aquel breve momento con cierta nostalgia —en efecto, a mí me sucedió—. Además, dicho proceso experiencial se enriquece por los sonidos: como el de aquel creado por un violinista anónimo que ameniza a los pasajeros a bordo del tren. En esta línea, encuentro que este documental no requiere obligadamente de una banda sonora —a pesar de tenerla—, pues le basta con los silencios, los sonidos ambientales y las voces que cantan o relatan, cuya función, semejante al corazón palpitante, es compenetrarnos acústicamente, latido a latido, a través de una historia viva enmadejada de peculiaridades únicas.

La singularidad y el malestar mental

Ahora bien, pasemos a la parte reflexiva de este escrito. En primer lugar, quisiera rumiar un poco sobre la noción de singularidad sobre la cual gira este escrito. Martínez-Hernáez & Correa-Urquiza (2017) en su artículo Un saber menos dado: nuevos posicionamientos en el campo de la salud mental colectiva desarrollan un interesantísimo análisis respecto a ciertas aproximaciones heterodoxas —para la visión biomédica— sobre la salud mental. Entre estas destaca la singularidad como,

lo que se constituye en el vaivén cotidiano entre psiquis y mundo y que deriva, ya no tanto de una imposición externa sobre el “deber ser”, sino de decisiones y soluciones que surgen, en parte, de un cuestionamiento o un relativo estar “al margen” de los condicionantes sociales que materializan este tipo de opresión (p. 276).

En otras palabras, la singularidad se constituye como forma de existencia subjetiva, propia, única y significante de la presencia de la persona en el mundo que resiste y contesta a la maquinaria opresora. Pues es esta característica inigualable la que le confiere una cierta identidad frente a los otros, pero también aquella que provee de sentido durante el tránsito por la vida. Sin embargo, en muchas ocasiones la singularidad choca con las convenciones sociales, con la normalidad hegemónica, degenerándose en un estigma doloroso, más que en una identidad armónica. Este suceso ocurre frecuentemente en torno al malestar mental como en el caso de Rita. No discutiré aquí si Rita tiene o no el diagnóstico de una enfermedad psiquiátrica, sería una tarea infructuosa. Pero Rita, indudablemente, experimenta el malestar mental, sufre por diversas razones —probablemente productos de la confluencia de diversas situaciones como la violencia, la pobreza, el rechazo, la desigualdad étnica y de género, etcétera— como bien se explica a lo largo del documental. De manera que, ¿cómo respondió Rita ante el sufrimiento que produjo su contexto? Pues adoptando su singularidad sin miramientos, con lo cual generó otro contexto de posibilidad para aferrarse al bienestar y que consecuentemente desafió la normalidad de su comunidad. Este último es un efecto secundario cuando la singularidad no concuerda con los acuerdos implícitos establecidos. Parafraseando a Martínez-Hernáez & Correa-Urquiza (2017), esta surge en los márgenes y produce el desplazamiento de la persona hacia la otredad. Esta es la razón por la cual Rita gradualmente va perdiendo la pertenencia a su comunidad y es forzada a vivir literalmente en las afueras del mundo social y, por ende, a la itinerancia que la conduciría más allá de las fronteras de la Tarahumara y, posteriormente, de los límites nacionales.

Como la historia de Rita nos ha dado cuenta, la singularidad es una característica que se manifiesta en las personas que sufren el malestar mental y que, algunas veces, son clasificadas como enfermas psiquiátricas. Ciertas maneras de andar, de moverse, de mirar, de demostrar afecto o temor; de pensar, de expresarse, entre otras, exhiben esta peculiaridad. No obstante, en no pocas ocasiones estas salen de lo normalmente aceptado y se clasifican como síntomas y signos de enfermedad. Entonces, la búsqueda y materialización tanto de bienestar como de sentido, deriva en un encarcelamiento de la subjetividad que intentó armonizar un contexto de sufrimiento y en la consecuente continuidad del malestar mismo. A Rita la internaron en un hospital psiquiátrico por cerca de una década, a otros “más afortunados” simplemente los medican o aperciben para adoptar comportamientos que los mantengan dentro de la sensatez y alejados de la “insensatez”.

Veamos a continuación cómo se comprende la experiencia de aquellos que experimentan el malestar mental y deciden abrazar su singularidad y, por consiguiente, aceptar la imposición del estigma de la locura. Tal como lo hiciera Rita Patiño.

La locura como singularidad apátrida

Michel Foucault (1961) en su famosa Historia de la locura en la época clásica, explica dos clases de experiencias —en ocasiones yuxtapuestas— que afronta aquel que padece el malestar mental y adopta su singularidad, su sinrazón o locura. Me refiero al movimiento incesante y a la reclusión. Del primero Foucault hace hincapié en la Stultifera navis (nave de los locos), la cual durante el siglo XV se encargaba de concentrar en sus galeras a los insensatos de una determinada región europea para, una vez surcado algún cauce por días o semanas, desterrarlos a su suerte en regiones costeras despobladas y alejadas de los centros urbanos principales. De esta forma, «los locos de entonces vivían ordinariamente una existencia errante; se les dejaba recorrer los campos apartados, cuando no se les podía confiar a un grupo de mercaderes o peregrinos» (Foucault, 1961, p. 22). Por otro lado, tenemos a la reclusión como mecanismo —al igual que el movimiento incesante— que separa a los locos de los cuerdos, al mundo real de los peligros y extravagancias del mundo fantástico de la singularidad. De esta forma, «[el loco] encerrado en el navío de donde no se puede escapar […] Está prisionero en medio de la más libre y abierta encrucijada infinita. Es el Pasajero por excelencia, o sea, el prisionero del viaje» (Foucault, 1961, p. 27).

¿No es este el escenario que vivió Rita en carne propia? Aquel en el que no se le permitió echar raíces y fue obligada a jamás detenerse, —¿será esta una reverberación del movimiento constante de sus manos?— y traspasar los márgenes geográficos que le son comunes y a devenir en una apátrida. Claro, uno podría replicar que hoy en día la institucionalización —o bien la reclusión— ha desaparecido en buena parte como, por ejemplo, el caso del espeluznante Manicomio General de la Castañeda en el otrora Distrito Federal. Sin embargo, siguiendo a Martínez-Hernáez (2000), al enfermo psiquiátrico ahora solo se le recluye —o contiene— durante la crisis o se le imponen los muros químicos de los psicofármacos —a Rita se le impusieron ambos—. Además de que se encuentra inmerso en la dinámica de la puerta giratoria en la cual en pocas ocasiones obtiene un alta médica perdurable, es decir, que constantemente se encuentra meciéndose en el vaivén entre normalidad y locura. En este sentido, el propósito de los psicofármacos queda devaluado cuando este se reduce únicamente al control de la subjetividad, la constricción de la singularidad y el mantenimiento de la hegemonía impuesta por el sistema dominante: el capitalismo.

El enfoque hegemónico capitalista necesita transformarse

Entonces, ¿cómo es que opera la hegemonía para controlar la subjetividad? Primeramente, el lector deberá comprender aquello que entendemos por hegemonía. De acuerdo con el pensamiento de Antonio Gramsci, la hegemonía se puede comprender como la capacidad para unificar y mantener unido a una heterogeneidad de fuerzas sociales, políticas y económicas a través de una ideología que ella misma traza y expande (Albarez Gómez, 2016). Que funciona y se legitima a través de las instituciones, discursos, normas y valores, y que no ejerce una coacción directa, sino una sumisión pasiva por la propia ideología transmitida (Giacaglia, 2002):

Otra afirmación de Marx es que una persuasión popular tiene a menudo la misma energía que una fuerza material, o algo similar; afirmación muy significativa. El análisis de estas afirmaciones, creo, lleva a reforzar la concepción de “bloque histórico”, en cuanto las fuerzas materiales son el contenido y las ideologías la forma […] puesto que las fuerzas materiales no serían concebibles históricamente sin forma y las ideologías serían caprichos individuales sin la fuerza material (Gramsci, 1971, p. 57).

En este sentido, el control de la subjetividad reconfigura la forma en que la persona se entiende y entiende su estado mental (Carvalho et al., 2020). De ahí que, en nuestro momento histórico actual se explote despiadadamente a la clase trabajadora y se le enajene del mundo social para que produzca plusvalía incesantemente hasta traspasar los límites de su humanidad (Marx & Engels, 1848). Y consecuentemente «los sujetos [establezcan] una relación consigo mismos, concibiéndose como capital humano que debe incrementarse indefinidamente» (Medina-Vicent, 2016, p. 465). Siguiendo la crítica de Foucault (2004), la persona adopta la identidad del entrepreneur of oneself (empresario de uno mismo), un actor que se controla desde su autogobierno, de manera que la hegemonía ya no debe ejercer una acción directa de sometimiento, sino que la persona se somete voluntariamente. Por lo tanto, el fracaso en dicho autogobierno derivará en una persona enferma, anormal y amoral. ¿No evocan estas líneas al caso de Rita? Aquí es cuando entra en juego el control sinérgico que ejerce el modelo médico hegemónico descrito por Eduardo Menéndez en los años ochenta y el modelo capitalista. Pues, desde su brazo biomédico ambos inciden en la dimensión neuro de la persona, inequívocamente de fronteras poco definidas, pero que se asocia con la raíz de la identidad subjetiva. Para ello, se valen de la objetivación de dicho aspecto. Reduce la inconmensurabilidad característica de la subjetividad a una variable neurobiológica susceptible de ser manipulada. Como bien aluden Vidal & Ortega (2017) a la paradoja de «en lugar de tener un cerebro, somos nuestro cerebro». Por lo tanto, existe la posibilidad de arreglar mediante psicofármacos o psicoterapias el cerebro defectuoso que orilla a la persona al fracaso, la anormalidad, la enfermedad, que le hace actuar de forma tan singular y que pudiera representar “un peligro para sí mismo y los demás”. Sobre esto último, Nikolas Rose (2003, pp. 54, 58-59) suscribe que 

[…] la capitalización del poder de tratar intensifica la redefinición de aquello que es susceptible de corrección o modificación. No se trata simplemente de desdibujar las fronteras entre la normalidad y la patología, ni de ampliar la red de la patología. Estamos viendo una mejora en nuestras capacidades para ajustar y reajustar nuestra existencia somática de acuerdo con las exigencias de la vida a la que aspiramos. […] Más bien, obligan al individuo a comprometerse en una gestión constante de riesgos y a actuar continuamente sobre sí mismo para minimizar los riesgos mediante la remodelación de la dieta, el estilo de vida y ahora, por medio de productos farmacéuticos, del propio cuerpo.

Evidentemente esta temática podría dar muchísimo más para ahondar y conversar, pero este texto se extendería demasiado, además, la literatura al respecto es abundante. A modo de conclusión hemos comprendido que cuando se presenta el malestar mental como efecto del contexto en que se vive, la persona hace uso de su creatividad para afrontarlo de una forma armónica y significante, es decir, mediante la singularidad. Intenta alcanzar el bienestar de manera que se sienta cómoda al hacerlo. No obstante, esta singularidad, casi siempre, transgrede el marco de la normalidad impuesto por la hegemonía capitalista —aquella potente fuerza homogeneizadora que pretende el control del estado de las cosas—. Degenerando en enfermedad y estigma, en un objeto —cerebro— susceptible de ser tratado mediante los mecanismos que sean necesarios: los psicofármacos, las psicoterapias, etcétera, para traerle de vuelta al marco de la aceptación generalizada. Esta fue la experiencia que vivió Rita durante una buena parte de su vida, sino es que de toda ella.  

Entonces, ¿es esta la llamada a una cruzada contra la psiquiatría o a desconfiar de la biomedicina? Temo que no, por el contrario, es un llamado a la crítica y la reflexividad tanto de los actores involucrados en el cuidado de la salud como de sus usuarios. A observar, resistir y contestar cuando el acto médico —psiquiátrico o no— se decante por aliarse con la hegemonía. Es un hecho que los medicamentos funcionan, la tecnología médica funciona, alegar lo contrario sería absurdo. En parte son necesarios, pero también es necesaria la transversalidad y pluralismo en cuanto a las aproximaciones ante el malestar en general. Igualmente, imprescindibles son la desestigmatización de la singularidad, la visibilización y subversión de las relaciones de opresión, la modificación en las políticas sanitarias y económicas —que obedecen al capitalismo—, la descolonización y desmercantilización de los procesos relacionados a la salud y la enfermedad, así como la desmedicalización de la vida, a la par que se integra una salud colectiva en la que intervengan equitativamente diversos saberes y prácticas por un bienestar común. En pocas palabras, advertir y transformar el enfoque actual, el hegemónico capitalista. Esto, probablemente, hubiera encarnado una realidad distinta para Rita, quizás una más armónica y con menos hambre.

Sugerencia de citación:
Contreras-Salas, E.M. (2026, marzo). La mujer de estrellas y montañas: una reflexión sobre la singularidad. Medicina y Cultura, 4(1), mc26-a10. https://doi.org/10.22201/fm.medicinaycultura.2026.4.1.10

Eduardo Manuel Contreras-Salas

Médico cirujano egresado de la Facultad Mexicana de Medicina de la Universidad La Salle. Máster en antropología médica y salud global por la Universitat Rovira i Virgili en Tarragona, España. Médico de atención primaria en IMSS Bienestar. Sus temas de interés e investigación se centran en la antropología médica, la salud mental, la historia y la filosofía.

ORCID: 0009-0005-7706-7654

Contacto: eduardomanuel.contreras@urv.estudiants.cat

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Carvalho, S. R., Andrade, H. S., Marçon, L., Costa, F. D., & Yasui, S. (2020). Our psychiatric future and the (bio)politics of mental health: dialogues with Nikolas Rose (part 4). Interface: Communication, Health, Education, 24, 1–13.

Foucault, M. (2015). Historia de la locura en la época clásica I. (3a ed.). Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Gramsci, A. (1971). El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

Martínez-Hernáez, A. (2002). ¿Has visto cómo llora un cerezo? Pasos hacia una antropología de la esquizofrenia. Barcelona: Edicions de la Universitat de Barcelona.

Martínez-Hernáez, A., & Correa-Urquiza, M. (2017). Un saber menos dado: nuevos posicionamientos en el campo de la salud mental colectiva. Salud Colectiva, 13(2), 267–278.

Marx, K., & Engels, F. (1848). Manifiesto del partido comunista. Madrid: Fundación de Investigaciones Marxistas.

Medina-Vicent, M. (2016). La nueva razón del mundo: ensayo sobre la sociedad neoliberal. Christian Laval y Pierre Dardot. Barcelona: Gedisa, 2013. RES, 25(3), 465–468.

Rose, N. (2003). Neurochemical selves. Society, 41, 46–59.

 

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