“El valor de la anécdota” revisitado
Alberto Lifshitz

Resumen: Hace casi 30 años nos atrevimos a publicar un ensayo titulado “El valor de la anécdota (o el por qué no hay nuevos signos clínicos)”[1]. Recientemente, algunos colegas que conocían el artículo (o al menos el título) sugirieron reconsiderar las premisas que sustentaban aquella propuesta, trasladadas al presente de la práctica clínica, y esa es la razón de este escrito.

Palabras clave: anécdota, clínica.

No hay ciencia de lo particular
— Josu Landa

No es necesario decir que en 30 años la medicina ha cambiado notablemente, y que buena parte del conocimiento de aquel entonces ya no es vigente porque ha sido sustituido por uno nuevo y que este proceso de sustitución está resultando abrumador. En aquel entonces ya se señalaba que la velocidad con que surgían nuevos signos clínicos había menguado sensiblemente en relación con los dos siglos anteriores, en parte por los requisitos editoriales de las publicaciones periódicas, que ya no aceptaban estudios o propuestas que no llenaran los requisitos de un dato científico; el adjetivo con el que se desdeñaban las propuestas incidentales no sometidas a criterios de validez y confiabilidad era precisamente el de “anecdótico”, con lo que automáticamente se le descalificaba. Se incluyeron en aquel escrito algunos ejemplos de signos clínicos que, aun sin contar con estudios de sensibilidad, especificidad y valores de predicción, tal vez podían orientar a los médicos clínicos que los leyeran.

Figura 1. En la enfermería del Campo de mujeres, con la enfermera May, Pelayo Vilar atiende al niño Hegel Bonell, 28 de marzo de 1940. Adaptado de Guerra y éxito. Memorias de un médico catalán en la sanidad militar republicana, 1936-1942 (p. 228), por Pelayo Vilar Puig, 2018, Ateneo Español de México, A.C.

El desdén por lo anecdótico no ha cambiado; más aun, se ha fortalecido, sobre todo porque se cuenta con más “estándares de oro” contra los cuales comparar el propuesto signo. Pero hoy, como entonces, sigue siendo justo replantear el valor de la anécdota, al menos para suscitar una consideración, un rastreo, y para buscar argumentos estadísticos de su potencialidad para evocar un diagnóstico. Entre los argumentos para dar valor a la anécdota se encuentran, además, que proporciona datos del contexto, propicia un mayor involucramiento emocional, ilustra materias complejas e inicia nuevas líneas de indagación que pueden conducir a investigación más formal, con lo que el valor se otorgará o consolidará después.

Una anécdota es un relato breve y generalmente entretenido de un hecho curioso o interesante, a menudo basado en experiencias personales; suele hacerse como ilustración, ejemplo o entretenimiento. Las anécdotas pueden ser humorísticas, inspiradoras, evocadoras, históricas o personales. Como ya se dijo, en las publicaciones técnicas o científicas el término tiende a suscitar menosprecio, en tanto que se contrasta lo anecdótico con aquello que tiene el carácter de dato científico, pues se considera su antónimo.

El sometimiento de escritos a los cuerpos editoriales de publicaciones académicas suele ser rechazado por anecdótico, entendido como contrario a lo fáctico, a lo sustancial o a lo científicamente válido. Un relato histórico basado exclusivamente en anécdotas no parece serio y confiable; no es lo mismo un valor histórico que uno anecdótico. También tiene la connotación de eventual o no habitual. Se consideran sinónimos de lo anecdótico: curioso, peculiar, marginal, accidental, accesorio, circunstancial, secundario, apartado, aislado o remoto; que no son adjetivos del todo despreciables, pero no entran en el catálogo de lo científico. Algo se considera anecdótico cuando la información no está basada en hechos o estudios rigurosos. “Ni el lenguaje ordinario ni la crítica literaria, ni menos aun el discurso epistemológico, reconocen mucha dignidad a la anécdota”, como lo explica Landa L en La dignidad epistémica de la anécdota.

No obstante, la anécdota no carece de valor informativo aunque carezca del rigor de los estudios probados. Juega un papel significativo en las etapas iniciales de la investigación, particularmente en la generación de hipótesis. Su impacto en la consideración de los lectores puede ser aún mayor que el de las informaciones científicas, particularmente cuando existe por parte de ellos un involucramiento emocional. Las personas eligen un hotel, un restaurante o una mercancía en función de las opiniones (anecdóticas) de quienes les precedieron como huéspedes, comensales o compradores.

Se ha comparado el valor de la información que ofrece la evidencia científica con el de la anécdota, y la mayoría de los lectores se inclinan por esta última, a menos que tengan una formación científica. A la evidencia le reconocen objetividad y replicabilidad, en tanto que de la anécdota se aprecian profundidad, contexto y perspectivas personales. Menospreciar lo anecdótico “puede hacer perder el hábito de la curiosidad –la quintaesencia del descubrimiento médico– por exigir estudios controlados”, según Charlton R en Value of anecdotes.

¿Por qué el tema tiene importancia para la medicina clínica? Porque de la exploración clínica surgen con frecuencia indicios que orientan a un diagnóstico, como ha ocurrido a lo largo de la historia y, aunque pueden no tener atributos de especificidad y sensibilidad estadísticamente sustentados en el momento en que se observan, sí pueden orientar en algún sentido, tal y como ocurrió en muchos signos clínicos descritos durante los inicios de la medicina clínica.

Los signos clínicos son los términos con los que los médicos hacen la lectura del cuerpo. Simplemente el número de signos identificados con un epónimo y que todavía guían algunas de los derroteros de los clínicos contemporáneos, si bien muchos de ellos, ciertamente, no resisten un análisis profundo de sensibilidad, especificidad y valores predictivos, positivos o negativos: Blumberg, Charcot, Courvoisier, Gray-Turner, Murphy, Osler, Cushing, Wilson, Aaron, Bassier, Romaña, Rosenstein, Tineal, Trousseau, Adison, Lasegue y muchos otros aún tienen cierto valor.

Algunas otras peculiaridades de la época actual influyen también en que no haya tantos reportes anecdóticos sobre signos clínicos. Muchos diagnósticos hoy en día se sustentan más en estudios de laboratorio o de imagen y no tanto en observaciones durante el examen físico. Más aún, con las restricciones que impuso el COVID, el desarrollo de la atención médica a distancia y cierta perversión de algunos médicos a minimizar o excluir la exploración física, la acuciosidad para identificar en los cuerpos humanos epifenómenos de las enfermedades se cultiva bastante menos.

Hay desde luego nuevos signos radiológicos, endoscópicos, tomográficos, anatomopatológicos, electrocardiográficos o en otros métodos de imagen, muchos de ellos informados de manera anecdótica. En oftalmología y neurología se informan con frecuencia nuevas imágenes en la exploración especializada. La pandemia de COVID produjo manifestaciones de enfermedad no vistas o previstas, como la célebre anosmia, hipoacusia, una particular presentación de conjuntivitis (ojo rosado) y la gran cantidad de síndromes post-covid.

La etimología de la palabra “anécdota” ha sido controvertida. Se ha dicho que el vocablo es uno de los “falsos amigos semánticos”, pues en griego significa “chiste o curiosidad” en una primera acepción, y “mujer joven que no ha sido dada para casarse”. Acaso corresponde (según el viejo diccionario etimológico de Roque Barcia) “cosa no dada a luz, reservada, secreta, inédita”, acepciones todas que significan el principio de un descubrimiento o el reto para descubrirlo.

Si despreciamos sistemáticamente la anécdota, corremos el riesgo de perder hallazgos potencialmente valiosos por desechar sistemáticamente observaciones de n=1 o solo de unos cuantos ejemplos, que por supuesto no hacen casuística. La publicación de casos clínicos singulares corresponde al mismo principio: pueden sugerir excepciones, extravagancias, pero también ser el principio de un conocimiento científico nuevo.

Podría ser interesante destinar alguna sección en las revistas de medicina clínica para los reportes anecdóticos de signos y experiencias. Ya hay espacios para informar casos clínicos, y podría ampliarse para nuevos indicios de enfermedad. Al menos podrían despertar el interés por validarlos y no excluirlos a priori, servir algunos como advertencias de alerta, generar hipótesis y conducir a profundizaciones.

[1] Lifshitz A, Halabe J: El valor de la anécdota. Rev Méd IMSS 1989;27(3):159-64. Una versión apareció en: Lifshitz A: La práctica de la medicina clínica en la era tecnológica. UNAM-IMSS. México 1997. Pág-225234. 

Sugerencia de citación:
Lifshitz, A. (2026, marzo). “El valor de la anécdota” revisitado. Medicina y Cultura, 4(1), mc26-a01. https://doi.org/10.22201/fm.medicinaycultura.2026.4.1.1

Alberto Lifshitz

Es especialista en medicina interna, académico titular de la Academia Nacional de Medicina y emérito de la Academia Mexicana de Cirugía; también ha sido profesor de la UNAM por más de 50 años y presidente fundador de la Academia Nacional de Educación Médica. Actualmente es presidente de la Academia de Médicos Escritores. Obtuvo el premio Guillermo Soberón 2013. Fue ganador del Concurso de Obras Médicas de la Academia Nacional de Medicina por tres años consecutivos (2020 a 2022). Ha publicado 33 libros, más de mil capítulos de libro y cuenta con más de mil artículos publicados. Es miembro de la Sociedad de Historia y Filosofía de la Medicina.

Lecturas recomendadas

Lifshitz A, Halabe J: El valor de la anécdota. Rev Méd IMSS 1989;27(3):159-64. Una versión apareció en: Lifshitz A: La práctica de la medicina clínica en la era tecnológica. UNAM-IMSS. México 1997. Pág- 225234.

 

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