Resumen: El presente texto reflexiona sobre la conexión entre la batería, el cuerpo humano y la música. Se explora cómo el ritmo de la batería se relaciona con el latido del corazón, sugiriendo que el latido es la «primera percusión de la vida». A lo largo de la historia, el corazón ha estado vinculado a la música, tanto a nivel fisiológico como simbólico. La batería, como el «corazón de una banda», es esencial para marcar el ritmo y coordinar a los músicos. El baterista, comparado con un ser que posee dos corazones, fusiona su ritmo corporal con el musical. Se mencionan grandes figuras del jazz, como Buddy Rich, Viola Smith y Art Blakey, quienes transformaron el papel de la batería en el género. En conclusión, tanto la música como el cuerpo comparten el ritmo y el movimiento, fundamentales para la vida y la creación musical.
Palabras clave: batería, corazón, beat, latido, jazz.
Entre los numerosos álbumes del prolífico cantante y trompetista Chet Baker, existe uno emblemático: Chet Baker in Tokyo, un concierto en vivo grabado en 1987 que John Vinocur denominó «un momento glorioso en el crepúsculo» del “Príncipe del Cool”. De esta obra musical escuchaba hace un par de días For Minors Only que, cautivado por su ritmo sincopado, me hizo pensar en el maravilloso solo de batería de John Engels. Pero, sobre todo, en su magnífico y quizá poco conocido intérprete, quien, con cada golpe en el tom, cada redoble sobre la tarola y cada apertura de los hi-hats, me llevó a una profunda reflexión sobre la conexión entre estos músicos y el cuerpo humano.
El género del jazz, caracterizado por la habilidad de los músicos para la improvisación, ha sido objeto de análisis debido a la diversidad instrumental que lo compone: saxofón, trompeta, piano y bajo. Sin embargo, la batería ha sido relegada a un papel secundario. Y, con ella, sus ejecutantes.
Aunque no soy una autoridad en la materia, sino simplemente un aficionado que ha explorado el instrumento y el mundo de las percusiones a través de clases particulares, me permitiré hablar de estos seres excepcionales, dotados de una cualidad casi sobrehumana: la de haber nacido con dos corazones.
Origen del latido y su relación con el cuerpo
Los seres humanos somos una especie musical. Desde que los bebés se gestan en el útero, están expuestos a diversos sonidos biológicos: la voz de la madre, su respiración o el trayecto del alimento por los intestinos. Pero, especialmente, al latido del corazón. No es extraño, entonces, que las percusiones (percussio en latín, que significa golpear, sacudir o vibrar repetidamente) sean de los instrumentos musicales más antiguos de la humanidad.
La medicina también nos revela cómo el sonido forma parte de nuestra biología. En la exploración física, el médico ausculta la «música galopante» de sus pacientes con ayuda del estetoscopio. En otro momento, el abdomen y el tórax se convierten en una suerte de caja de resonancia, donde, mediante la percusión suave con los dedos o las manos, se indaga el tamaño de los órganos y la presencia de alteraciones en ciertas cavidades.
¿El beat del cuerpo o el corazón de la música?
Como se ha señalado, la relación entre el cuerpo y la música es evidente. Sin embargo, es importante destacar un órgano en particular: el corazón. Su vínculo fisiológico con la música ha sido reconocido desde la antigüedad. Pitágoras la utilizaba para tratar dolencias corporales y psicológicas; Hipócrates tocaba melodías para sus pacientes con enfermedades mentales. En la época paleolítica, se creía que la música tenía efectos positivos en los sistemas corporales, incluido el cardiovascular.
Quizá Alejandro Aura alude al corazón en sus versos de Tambor interno cuando dice: «(…) algo me crece del tamaño de un tambor entre la carne», la batuta que orquesta una musicalidad desde las entrañas de nuestros cuerpos. Un eco de esta idea resuena en Sueño de la Décima Musa: «Este, pues, miembro rey y centro vivo». Bajo la misma premisa, quizá también se decidió que el protagonista del filme Whiplash fuera justamente un baterista.
Con ello podríamos decir que el latido del corazón es la primera percusión de la vida. No es casualidad entonces que lo encontremos, ya sea explícita o simbólicamente, en ciertas canciones: el inicio de Breath de Pink Floyd, el tempo de Stayin’ Alive de los Bee Gees (utilizado en la reanimación cardiopulmonar) o el fondo percusivo de Rastaman Chant de Bob Marley.
Sin embargo, ¿cuál es la relación entre la música y el corazón de la que tanto se ha hablado hasta este momento? En primer lugar, se sabe que ambos están conectados a través de los cambios que las emociones provocan en ciertas áreas del cerebro, las cuales modulan la actividad cardíaca. En segundo lugar, hay un término común entre ambos conceptos: la palabra «latido» (o beat en inglés), que sirve como un vínculo entre la música y el corazón.
El ritmo cardíaco (latidos por minuto, bpm por sus siglas en inglés) varía según diversos factores y suele encontrarse entre los 60 y 100 bpm. De manera similar, un beat en la música es el pulso secuencial que define el ritmo de una canción y actúa como el corazón de la música. Es decir, la base de la melodía y la armonía. Ese elemento que estimula nuestra respuesta motriz, induciéndonos a mover los pies, asentir con la cabeza y, en esencia, a experimentar la música tanto a nivel físico como emocional.
Al igual que la frecuencia cardiaca, en la música existen un número de beats según el género. Por ejemplo, el reggae ronda los 60 bpm, la salsa oscila entre 80 y 100 bpm, el techno alcanza entre 125 y 145 bpm y el hardcore punk puede llegar hasta 200 bpm.
Si bien el bajo, el piano, la voz o los loops, pueden contribuir o incluso marcar al beat en ciertos estilos, éste suele ser generado tradicionalmente por instrumentos de percusión. Desde la batería en una banda hasta las cajas de ritmos en la música electrónica, estos elementos constituyen la base fundamental en la mayoría de los géneros musicales.
La batería como el corazón de una banda
Los seres humanos son una especie compleja, formada por tejidos que, a su vez, constituyen órganos. Algunos de ellos, como los pulmones o los riñones, existen en pares; otros, como el corazón, son únicos. Sin embargo, en este caso, sucede lo contrario.
Con una convulsa y complicada coordinación de extremidades superiores e inferiores —mediada por regiones motoras frontales y cerebelosas— se concibe la música en aquel objeto que he denominado «el corazón de una banda». Esto debido a que la batería es el centro que marca la dinámica de las canciones con ciertos patrones, sobre los cuales el resto de los músicos se basan para generar a su vez sus ritmos. Por consiguiente, el baterista siempre pugna con su tiempo y velocidad, habitando en él al mismo instante el latir de dos corazones: el propio y el «creado», tratando de diferenciar constantemente entre el metrónomo corporal y el otro que surge con la música.
La literatura médica ha documentado anomalías cardíacas congénitas relacionadas con la estructura o posición del corazón, pero nunca la existencia de un doble órgano, salvo en el caso de la británica Hannah Clark, quien vivió durante diez años con otro corazón trasplantado. Por lo tanto, a diferencia de esta condición, podríamos considerar al baterista como un ser híbrido y mutante, dotado de dos corazones.
Los humanos de dos corazones en el jazz
Hasta ahora, hemos explorado la relación entre la musicalidad y el órgano vital, un vínculo que probablemente otros textos ya han señalado. Siguiendo esa línea, podemos destacar, desde un enfoque personal, algunos casos emblemáticos que han dejado una huella imborrable en la memoria de este fascinante género y que, además, pueden ilustrarlo.
Comenzaremos con Billy Cobham, cuya incursión en la cadencia del jazz fusión y el rock progresivo identifiqué el compás de sus raíces latinas, las cuales se fusionaron magistralmente con las guitarras de Carlos Santana y John McLaughlin, así como con la trompeta de Miles Davis. En este viaje musical, descubrí también a dos bateristas legendarios del swing clásico: Buddy Rich, quien además incursionó como vocalista, y Gene Krupa, célebre por su icónico solo en Sing, Sing, Sing, que lo catapultó a la cima de la fama.
El verdadero punto de inflexión en la evolución de este estilo llegó con Max Roach y su innovador bop drumming, que marcó un hito en la apreciación del jazz. A partir de ahí, surgieron figuras como Art Blakey, quien, en plena era del Bebop, se propuso redefinir la genialidad de los músicos y su papel como el «corazón de la banda». Con los Jazz Messengers, lideró uno de los quintetos más influyentes de la historia.
Otra figura destacada es Joe Jones, a quien conocí a través de un episodio ya mítico: la vergonzosa —y hoy clásica— anécdota en la que, durante una jam session, lanzó un platillo al joven Charlie Parker, provocando que este perdiera momentáneamente la melodía.
La lista de grandes nombres podría ser interminable, con figuras como Elvin Jones, Paul Motian y el recientemente fallecido Roy Haynes, quienes marcaron un hito indeleble en la historia de la batería en el jazz.
Y también destacadas pioneras femeninas, como Viola Smith, autora del artículo Give Girl Musicians a Break!, en el que abogaba por la inclusión de las mujeres en las grandes bandas, o Pauline Braddy, integrante de la International Sweethearts of Rhythm y conocida como la «Queen of the Drums».
Por las sendas del movimiento
En este recorrido hemos observado que la relación entre el cuerpo y el corazón, así como entre la música y la percusión, se sustenta en múltiples aspectos: fisiológicos, históricos, simbólicos y anatómicos. Incluso comparten un elemento en común: el movimiento. Un camino transitado por aquellos a quienes se les ha otorgado el privilegio de vivir con dos corazones, bombeando a frecuencias arrítmicas sin necesidad de marcapasos que encaucen sus desorbitados ritmos. Mismos que, desde hace ya muchos años, solo me pertenecen desde la escucha pasiva, como espectador de este fascinante instrumento.
Agradecimientos:
A mis compañeros y mis maestros del Diplomado de Escritura del Centro de Enseñanza para Extranjeros (CEPE).
Sugerencia de citación:
Miranda-Aguilar, S.A. (2025, septiembre). Sobre los humanos que nacieron con dos corazones. Medicina y Cultura, 3(2), mc25-a16. https://doi.org/10.22201/fm.medicinaycultura.2025.3.2.16

Samuel A. Miranda Aguilar
Samuel A. Miranda Aguilar se licenció como médico cirujano por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y se especializó en Psiquiatría de Enlace (INCMNSZ) y Neuropsiquiatría (INNNMVS). Fue catedrático de la Facultad de Medicina, UNAM. Ha colaborado en la traducción de libros como el Manual de psiquiatría clínica y psicopatología del adulto (FCE, 2016) y Términos psiquiátricos de origen griego (Palabras y Plumas Editores, 2016). Es coeditor de la revista Mente y Cultura del Departamento de Publicaciones, Dirección de Enseñanza, Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz (INPRFM). Sus temas de interés son el proceso creativo, el arte y la psicopatología.
También escribe poesía en el portal salvadorlemosa.blogspot.com
ORCID: 0009-0004-4483-5082
Contacto: salvadorlemosa@gmail.com
Lecturas recomendadas
Berendt, J. (1993). El Jazz. De Nueva Orleans a los años ochenta. Fondo de Cultura Económica.
Mithen, S. (2007). Los neandertales cantaban rap. Los orígenes de la música y el lenguaje. Editorial Crítica.
Sacks, O. (2009). Musicofilia. Relatos de la música y el cerebro. Anagrama.
¡Lee más de nuestro contenido!
Carta al editor #2
María Guadalupe Grijalva
Carta al editor #1
María Graciela Guzmán Perera
“¿En verdad no tienen nada?”
Herlinda Dabbah M.
Manuel Ramiro
Dr. Alberto Lifshitz
Ayer vi a Lupita
Teresita Corona Vázquez
Representaciones de la corporalidad prehispánica en dos patologías tradicionales contemporáneas
Humberto Mariano Villalobos Villagra* y Aydee Abigail Viera Ledesma**

















