Resumen: Este ensayo analiza la intersección entre medicina, arte y empatía a través de la obra San Lucas cura al niño hidrópico de Giovanni Lanfranco. Pintada en el siglo XVII, la obra retrata al evangelista como un médico compasivo que atiende a un niño con hidropesía, enfermedad interpretada entonces bajo la teoría de los humores. El texto examina cómo la pintura refleja la comprensión médica de la época, al tiempo que construye una narrativa visual sobre el cuidado y la redención. Al comparar la obra de Lanfranco con otras representaciones del cuerpo enfermo —como la escultura contemporánea The Virgin Mother de Damien Hirst— se subraya el poder persistente del arte para humanizar el sufrimiento y poner en evidencia la dimensión ética de la práctica clínica.
Palabras clave: arte clínico; compasión; arte barroco; hidropesía; arte y medicina.
En la pintura de Giovanni Lanfranco San Lucas cura al niño hidrópico, no solo se retrata un acto de fe, sino también un instante médico. San Lucas, el evangelista que, según la tradición cristiana, también ejercía como médico, se inclina con delicadeza sobre un niño cuyo cuerpo habla por sí mismo: abdomen abultado, piernas tensas, piel brillante. Lo que hoy diagnosticamos como edema severo, entonces se conocía como hidropesía y se entendía, no como un signo clínico, sino como una enfermedad en sí misma.
Figura 1. Lanfranco, G. (ca. 1620). San Luca guarisce un bambino idropico (San Lucas cura a un niño hidrópico) [pintura]. Imagen de dominio público.
Estamos en el siglo XVII. Aunque Vesalio había revolucionado la anatomía y Harvey ya había descrito la circulación sanguínea, la práctica médica seguía profundamente anclada a las teorías hipocráticas y galénicas. El cuerpo era aún gobernado por los cuatro humores —sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra— y la salud dependía de su equilibrio. Desde esa visión, la hidropesía era consecuencia de un exceso de “humor acuoso”, un desbordamiento que podía tener múltiples causas: una digestión ineficiente que no “cocinaba” bien los líquidos, un hígado incapaz de filtrar, riñones fallidos o incluso la humedad del entorno. Pero también, como se creía entonces, una manifestación del castigo divino por una vida de excesos.
El diagnóstico no se apoyaba en pruebas de laboratorio, sino en el arte de observar, tocar y escuchar. El médico distinguía la piel estirada, las venas prominentes, el brillo opaco del abdomen. Al percutir, el sonido apagado confirmaba la acumulación de líquido; si éste se desplazaba al cambiar de posición, la sospecha se convertía en certeza. El tratamiento era, en muchos casos, una lucha contra el exceso del cuerpo: purgas, sangrías, diuréticos naturales. Se usaban sustancias como el ruibarbo o el antimonio para inducir vómitos y diarreas, y se restringía el consumo de líquidos. En casos extremos, se realizaban incisiones para drenar. Todo con la esperanza de restaurar un equilibrio perdido.
En ese contexto, Lanfranco pinta algo más que una escena religiosa: construye un puente entre ciencia y fe, entre el cuerpo y el alma. San Lucas no solo cura, también consuela. Y su gesto, sereno y empático, se convierte en símbolo de una medicina que se practicaba de rodillas, en nombre de lo humano y lo divino.
La obra se inscribe dentro del barroco italiano, una época en que la pintura religiosa, tras el Concilio de Trento, debía edificar moralmente y conmover al espectador. Lanfranco, discípulo de los Carracci y figura central de la escuela boloñesa, se distingue por su composición dinámica, la teatralidad de los cuerpos y una luz que dramatiza sin estridencias. San Lucas aparece rodeado por un resplandor que subraya su función redentora, mientras el niño enfermo encarna la fragilidad y la esperanza (Bohn, 2004; Campbell, 2007; Grove, 2008).
Otros pintores del Barroco también se acercaron al cuerpo enfermo, pero lo hicieron desde miradas distintas. José de Ribera lo mostraba con crudeza, casi con brutalidad, enfatizando el dolor físico y la marginalidad. Caravaggio lo captaba con un realismo implacable, como en La incredulidad de Santo Tomás, en que el sufrimiento es casi palpable. Guido Reni prefería la belleza idealizada del dolor silente, y Zurbarán, desde su sobriedad, retrataba la fragilidad como un recogimiento sagrado. Lanfranco, en cambio, une compasión y ciencia: no sólo representa el cuerpo enfermo, sino también el cuidado que lo rodea.
Si hoy quisiéramos una imagen contemporánea en la que el arte se atreve a mirar al cuerpo con la misma mezcla de respeto y crudeza, podríamos detenernos frente a The Virgin Mother, de Damien Hirst. Una escultura colosal que muestra a una mujer embarazada, mitad piel, mitad anatomía expuesta: músculos, útero, el feto. No hay escándalo, hay asombro. No hay pudor, hay revelación. La ciencia y la carne conviven en una imagen que no cura, pero comprende. Así como Lanfranco representó la compasión del médico que se arrodilla, Hirst nos recuerda que también hay belleza en el cuerpo vulnerado, en su transparencia brutal, en lo que nos deja ver sin filtros.
Hoy ya no purgamos ni sangramos; confiamos en laboratorios, en escáneres, en guías clínicas. Pero la figura de San Lucas, inclinado sobre el niño enfermo, no ha perdido vigencia. Nos sigue diciendo algo esencial: que la técnica sola no basta. Que la escucha, la mirada, la presencia siguen siendo formas de curar.
Porque al final, en cualquier siglo, la medicina se define menos por sus instrumentos que por su humanidad. Y tal vez por eso el arte sigue regresando al cuerpo: para recordarnos que hay cosas que ni la ciencia puede explicar del todo. Que aún hay heridas que solo se nombran con imágenes.
Sugerencia de citación:
Hernández-Pérez, D.M. (2025, septiembre). San Lucas y el niño hidrópico: cuando la medicina se arrodillaba ante lo divino. Medicina y Cultura 3(2), mc25-a11. https://doi.org/10.22201/fm.medicinaycultura.2025.3.2.11

Dara Montserrat Hernández-Pérez
Comprometida con la cardiología y la atención clínica, con un marcado interés en el trato humano y empático hacia los pacientes. Orienta su formación al fortalecimiento de la relación médico-paciente como pilar de una práctica médica integral y ética.
Facultad de Medicina, Universidad Veracruzana, Xalapa-Enríquez, México.
ORCID: https://orcid.org/0009-0007-9105-8388
Contacto: darmonthp@gmail.com
Lecturas recomendadas
Barnett, R. (2014). The sick rose: Disease and the art of medical illustration. Thames & Hudson.
Frank, A. W. (1995). The wounded storyteller: Body, illness, and ethics. University of Chicago Press.
Lanfranco, G. (ca. 1620). San Luca guarisce un bambino idropico (San Lucas cura a un niño hidrópico) [pintura]. Imagen de dominio público. Palazzo Barberini, Roma
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Giovanni_lanfranco,_san_luca_guarisce_un_bambino_idropico.jpg
Mori, Y. (Ed.). (2009). Medicine and art: Imagining a future for life and love. Mori Art Museum.
Scarry, E. (1985). The body in pain: The making and unmaking of the world. Oxford University Press.
The art of medicine (s.f). The Lancet. Recuperado de https://www.thelancet.com/journals/lancet/section?section=The%20Art%20of%20Medicine
Referencias
Bohn, B. (2004). Art and Society in Italy, 1550–1750. Oxford University Press.
Campbell, S. (2007). The Cabinet of Eros: Renaissance Mythological Painting and the Studiolo of Isabella d’Este. Yale University Press.
Grove, J. (2008). “Baroque Medicine and Devotional Art: Anatomical Themes in Seventeenth-Century Painting.” Renaissance Studies, 22(3), 311-333.
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