Palabras clave: envejecimiento, equidad en salud
Juana había vivido siempre en su comunidad. Con todo y huracanes había erigido su casa, de ladrillo en ladrillo, de lámina en lámina. Con los pies descalzos caminaba por su casa y sentía la tierra entre sus dedos, de donde venía y a donde iba a ir, siempre acariciando sus plantas. Tenían su campo donde sembrar y lo que cosechaban, su esposo lo llevaba al pueblo más cercano, que aun así en camioneta estaba a cuatro horas de allí. Se habían juntado hace quién sabe cuántos años y habían tenido tres hijos. Todos habían nacido también allá, en la comunidad, entre gritos y llantos, había estremecido a las montañas durante su parto, pero la partera había permanecido calmada, al tercero ella también, pujaba con el viento y respiraba con los árboles, ella jura que no sangró, que el bebé nació bien limpio y había llorado nada más para avisar que estaba vivo.
Se quedaron solos y volvieron a hacer lo que antes hacían, sembrar y cosechar. Él se iba desde bien temprano a trabajar otras tierras, mientras ella cortaba hierba, él volvía unas horas después y hacía el resto del trabajo, cuando les daba hambre se ponían a asar maíz. Juana se llevaba unos pocos a la casa y comenzaba a preparar las tortillas para la cena. Desgranaba mazorca por mazorca, hervía agua de la pileta, ponía la cal y llegaba su esposo justo al final. No había más historia que contar, todos los días era igual, hasta que empezó a enfermar. Ya no era fácil trabajar el campo, ni uno ni otro, no era fácil andar por las empinadas veredas y los caminos de tierra, el aire se le iba, las piernas sucumbían y se sentaba en una piedra a esperar. Juana no estaba enterada de nada de esto, ella solo sabía que ambos se estaban haciendo viejos.
Su esposo se fue un día al pueblo y de ahí a la capital, aunque eso no le dijo a Juana. Su hija lo acompañó en sus consultas, lo llevó por el medicamento e intentó convencerlo de quedarse allá.
–En la comunidad nadie lo va a cuidar –le dijo.
El señor asintió y regresó a su hogar, habló con Juana y le explicó los medicamentos que ella iba a tener que tomar. Ella se los tomaba, ni siquiera sabía para qué, pero veía el dibujo del sol en la caja y se tragaba la pastilla todos los días al despertar. Su esposo se iba apagando poco a poco, órgano por órgano, y ella iba olvidando todo igual, poco a poco. Él siguió acudiendo, cada mes a la capital por sus medicinas, cada mes sus hijos lo intentaban convencer de que se quedara, cada vez él se negaba.
Su esposo falleció, como ya era sabido con su condición, a los pocos meses, pero Juana no sabía, ella nada más lo veía cada vez más cansado. Falleció en la montaña que lo vio nacer y junto con ella inhaló una última vez. Juana estuvo a su lado todo el tiempo, podría decir que sería un día que jamás olvidaría, pero sería mentira, lo olvidó a los pocos días, así como iba olvidando tantas otras cosas. Su esposo ya no estaba, ya no le traía las pastillas, y Juana no se tragaba ya ninguna todos los días al despertar. Su esposo falleció un martes a las cinco de la tarde mientras Juana ponía tortillas en el comal para cenar, pero esto nadie más lo iba a saber, no apuntarían la hora de su muerte en el acta, no habría ningún acta, así como cuando nació no la hubo y se la crearon muchos años después.
Su hijo fue por ella en cuanto se enteró de que su papá se había muerto, se quedó unos cuantos días ahí, durante los cuales veía a su madre bien temprano irse a cortar la hierba, él la alcanzaba y ayudaba al trabajo del campo, cuando les daba hambre asaban maíz, luego ella se iba a hacer las tortillas, pero él la seguía poco después, cenaron frijoles, tortillas y un día pollo. Juana de repente le hablaba a su esposo, pero su hijo siempre le recordaba que no era él. La llevó al pueblo muy a fuerzas, en la clínica de ahí le dijeron que ya no podía estar sola, que desde hace mucho no podía estarlo y que ningún medicamento ya la iba a poder ayudar. El doctor le dijo que poco a poco iba a ir recordando menos, así como haciendo menos, llegaría un punto en el que no recordara como moverse o como respirar.
–En la comunidad nadie te va a cuidar.
Sobre la autora:
Estudiante de la División de Estudios de Posgrado, UNAM. Especialidad de Geriatría. Sede: Centro Médico ABC, Ciudad de México, México.
Sugerencia de citación:
Serrano Pesquera, R. (2024, septiembre). Hasta abajo del mapa. Medicina y Cultura, 2(2), mc24a-15.
https://doi.org/10.22201/fm.medicinaycultura.2024.2.2.15

Regina Serrano Pesquera
Contacto: reginaspesquera@gmail.com
¡Lee más de nuestro contenido!
La mujer de estrellas y montañas: una reflexión sobre la singularidad
Eduardo Manuel Contreras-Salas
“El valor de la anécdota” revisitado
Alberto Lifshitz
Por un buen final. Saber qué hacer para morir con dignidad: reflexiones sobre la muerte digna desde la perspectiva bioética y cultural
Herlinda Dabbah M.
El interés de Ricardo Tapia por la bioética
Asunción Álvarez del Río
Medirse uno mismo
Alberto Lifshitz
Usar ambos lados del cerebro
Alberto Lifshitz

















